Sublime historia y libérrima versión de Andrea sobre los hechos acontecidos una noche de verano en la capital aragonesa.
Divertidas y excitadas se vanagloriaban de haber rebasado una incómoda edad y continuar con las sanas costumbres del botellón. Pequeño, discreto y sobre todo con mucha clase, pero botellón. El motivo de tal celebración no ha quedado concretado, aunque diversas leyendas urbanas lo atribuyen al final desastroso de la oposición de una de ellas, a la triste realidad de haber superado la barrera de los treinta o a una auto-compensación por el desgaste sentimental al que se habían visto sometidas en los últimos años. Quién sabe. Tantas razones pueden conducir al ser humano a beber... y más si se trata de cava barato en un marco incomparable como la ribera del río Huerva, donde los peces tienen cuerpo de brik de vino y los vómitos brotan de la tierra cual generosas florecillas. Sin duda las lindezas de este locus amoenus unidas a los atributos naturales de las muchachas, que si bien ya no eran adolescentes mantenían todo su esplendor e ingenuidad, fue lo que despertó el apetito voraz de la policía local.
Ahí se encontraban nuestras cinco protagonistas: Malinda Chichona, Sobella Chichilá, Guapanui Chochonso, Divinal Rechichín y Refina Chuminol. Apetecibles como una cañita con limón en un día de calor y dispuestas a todo.
En el momento en que la patrulla formada por seis policías irrumpió en el paraíso, las marchosas hablaban de hombres, por eso se reían a carcajada limpia. Esto no fue bien interpretado por los hiperlegales, que inmediatamente les pidieron en tono seco las tarjetas de identificación. Ellas, tratando de contener la risa, se las entregaron con mucho gusto mientras apuraban sus vasos de suave licor de Champagne. Y aquí el asunto empezó a enturbiarse. El jefe de escuadrón, Karamierdanmaiami, les informó de su comprometida situación, ya que a partir de ese momento formaban parte de un acto de vandalismo que les acarrearía una multa de hasta trescientos euros. Sobella Chichilá fue la primera en pronunciarse.
- ¿Acaso no sabe usted que todas somos licenciadas y que todo lo que tiene usted ante sus ojos es cien por cien natural, que no ha pasado por el quirófano?
- Eso no es de mi incumbencia –respondió él-. Ustedes han formado un agrupamiento de cinco en plena calle, se han reunido para hablar, para poner de vuelta y media al género masculino y beber a la salud del sexo.
- ¿Bebiendo? ¿Cómo pueden probar que estábamos bebiendo? –intervino de repente Divinal Rechichín, que no paraba de hipar.
- Olía desde el Coso, es cava de los chinos –contestó otro policía con una media sonrisa muy sexy.
En el momento en que la patrulla formada por seis policías irrumpió en el paraíso, las marchosas hablaban de hombres, por eso se reían a carcajada limpia. Esto no fue bien interpretado por los hiperlegales, que inmediatamente les pidieron en tono seco las tarjetas de identificación. Ellas, tratando de contener la risa, se las entregaron con mucho gusto mientras apuraban sus vasos de suave licor de Champagne. Y aquí el asunto empezó a enturbiarse. El jefe de escuadrón, Karamierdanmaiami, les informó de su comprometida situación, ya que a partir de ese momento formaban parte de un acto de vandalismo que les acarrearía una multa de hasta trescientos euros. Sobella Chichilá fue la primera en pronunciarse.
- ¿Acaso no sabe usted que todas somos licenciadas y que todo lo que tiene usted ante sus ojos es cien por cien natural, que no ha pasado por el quirófano?
- Eso no es de mi incumbencia –respondió él-. Ustedes han formado un agrupamiento de cinco en plena calle, se han reunido para hablar, para poner de vuelta y media al género masculino y beber a la salud del sexo.
- ¿Bebiendo? ¿Cómo pueden probar que estábamos bebiendo? –intervino de repente Divinal Rechichín, que no paraba de hipar.
- Olía desde el Coso, es cava de los chinos –contestó otro policía con una media sonrisa muy sexy.
Mientras Guapanui Chochonso llamaba a sus amigos de Valencia para ponerles al día de tan emocionante evento y se planteaba seriamente abandonar la consulta y dedicarse a escribir sobre la bohemia y las divinas palabras, Refina Chuminol, que nunca pierde una oportunidad, ponía ojitos tiernos al del olfato implacable. Él se percató enseguida, pero de esto hablaremos más tarde.



En una ocasión me crucé con un camino enlosado, muy bien hecho, bien llano y señalado. Allí sí que vi a gente, amantes esta vez. Pero mis pies me querían llevar fuera del camino -yo en Oz no tendría nada que hacer-, querían buscar la orilla donde el terreno firme nevado y la superficie congelada del mar (¡sí, un mar congelado!) se confundían. Y me dejé llevar por ellos, cada vez más alejada de cualquier signo de civilización.

